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Hace muy pocos días Andrew Saxton, director para el Reino Unido de la multinacional de estudios de mercado Kantar Worldpanel, afirmaba en el contexto del Sports Business Meeting, que “el deporte es casi el único placer que nos queda”.

El ejecutivo inglés se refería a que las medidas anticontagio adoptadas por la mayor parte de los países europeos incidían negativa y determinantemente en las relaciones sociales y en el ocio. Pero también decía que, en toda Europa, el deporte como praxis se había revelado como un elemento compensatorio, paliando en cierta medida el descalabro de la industria de lo “no estrictamente necesario”, lo “no esencial”

Saxton hablaba de la incidencia de la COVID en la economía en el ámbito anglosajón, pero en el empequeñecido mundo en el que vivimos todo, COVID y vicisitudes económicas incluidas, tienen una fácil y rápida forma de propagación. Ni la pandemia surgida en Wuhan, ni las tormentas económicas, ni lo ingles nos es excesivamente ajeno.

Mientras en este 2020 la industria del ocio descarrilaba, Nike y Adidas aumentaban sus ventas (U.K.), entre enero y septiembre un 10 y un 9 %, respectivamente: el paseo, el running, el ciclismo, la natación el yoga y el fitness casero, parecen ser las actividades “estrella” en la “nueva normalidad” para el deportista británico. A falta de datos fehacientes la intuición nos dice que no estamos lejos de los hábitos deportivos de un país al que el eurobarómetro sitúa con un nivel de actividad deportiva muy parejo al nuestro.

Estar de acuerdo con Saxton parece lógico, dado que apoya su discurso en datos constatables: el deporte ha resultado, al menos en algunas economías, un aspecto compensatorio. La Alemania de la canciller Merkel también habla de compensación y economía: aquellos sectores industriales que hayan visto menoscabada su operatividad por las restricciones impuestas a causa de la pandemia, deporte incluido, tendrán derecho a reclamar a la hucha del Estado una compensación que garantice hasta el 80% de los beneficios del ejercicio fiscal anterior (2019)

Llegados a este momento de “segunda ola”, tan opresiva como la primera, más expandida por todo el Viejo Continente y mucho mas cargada de incertidumbre y de dudas, creemos necesario ampliar el concento de “compensatorio”, para humanizarlo. Para personificarlo. No es la compensación económica la única exigible

El cierre de un comercio, de un restaurante, o de cualquier otro tipo de industria puede y debe ser compensado, también, lógicamente las involuntarias cesaciones laborales que ello acarree. Y, en esta línea parecen trabajar con mayor o menos eficacia o acierto las administraciones competentes.

Pero debemos de plantearnos otras compensaciones que no por olvidadas dejan de ser necesarias: la pérdida de libertades tan constitucionales como irrenunciables, tiene necesariamente que ser paliada. Nos referimos a los efectos del confinamiento y de las limitaciones relacionales sobre las personas, sobre cada una de nosotras.

El confinamiento domiciliario de la pasada primavera propició la percepción de necesidad de movimiento. Quienes tenían la rutina adquirida continuaron haciendo deporte, adaptándolo a las condiciones de su hábitat. Además, surgieron nuevos practicantes animados por el temor a una inactividad mayor de la habitual y por las muchas invitaciones televisivas al respecto: la restricción del movimiento no fue, sin duda, lo peor del confinamiento. La pérdida de libertad y de seguridad encontraron menos posibilidades de contrapartidas compensatorias.

Hemos escrito y publicado opiniones sobre el movimiento, “es la vida” decíamos y, así mismo, nos hemos comprometido, a riesgo a no ser bien interpretado, a hablar de otra pandemia con la que parecemos convivir en armonía: el sedentarismo.

En estos momentos nuestro confinamiento perimetral y de horario, es decir espacio-temporal, nos permite un nivel superior de movilidad que el exclusivo del hogar, lo que nos brinda la posibilidad de superar el concepto de “movimiento” como esencia del deporte. El deporte, es más, mucho más, es el juego de interacción social que da sentido al movimiento. Si el movimiento es la vida el juego es la vida inteligente.

Y es el campo de juego o de vida virtual donde se forjan las personalidades capaces de superar las adversidades y limitaciones. Para Kant el juego, interacción entre la imaginación y el entendimiento, propicia las situaciones de placer-dolor que cumplen un decisivo rol en la socialización y, en consecuencia, en la humanización. Friedrich Schiller ahonda en el rol humanizador del juego cuando afirma que “el hombre juega tan sólo cuando es hombre en el sentido pleno de la palabra, y sólo es enteramente hombre cuando juega”.

Los postulados de los dos filósofos alemanes citados podrían ser apostillados y ampliados en matices enriquecedores por Platón, Nietzsche, Fink, Gadamer, Huizinga, Callois, Ortega y Gasset y otros muchos pensadores que concedieron al juego el título de “esencial” en la siempre inacabada formación de la persona.

Esa trascendencia del juego lleva implícita la superación de la adversidad, del dolor, de la derrota: lo que el inolvidable Cagigal denominaría como “una pedagogía del fracaso”.

El juego precisa de la voluntad de mejora para superar el fracaso y del fracaso para incentivar la superación, es decir el juego deportivo, es “insustituible” en cualquier proceso pedagógico. Al respecto queremos rescatar una frase del profesor del INEF de Cataluña Paco Seiru-lo “Podemos indicar que aquel sujeto que no practicó deporte en estas condiciones puede tener lagunas en algunos aspectos fundamentales de su educación si no hizo un sinfín de otras actividades que le habrán podido, en el mejor de los casos, aportar situaciones vividas parcialmente y que solo la práctica deportiva es capaz de aglutinar y ofrecer”

La superación es el tercer componente del deporte: al movimiento y al juego es necesario añadir el agonismo, o lo que es lo mismo la lucha por la superación, fundamentalmente la superación de uno mismo. Y esta superación de las propias capacidades forma parte de un proceso “jugado”, creado en la virtualidad de lo irreal, pero trasportable a la vida real.

Las limitaciones exigidas para frenar la expansión de la pandemia vírica nos exigen deporte, por encima de todo deporte. Deporte en mayúsculas: no sólo movimiento, sino además la libertad de autodeterminación del juego y el hábito de superación del agonismo, dado que hemos de luchar contra el sedentarismo, la limitación de la libertad espacio-temporal y la inseguridad frente al futuro inmediato. Es decir, estamos jugando un partido de basket, de hanball o de fútbol.

Las fórmulas de éxito que solicita la superación de esta crisis sanitaria tienen además de las restricciones argumentadas otra que afecta a la relación social. No nos podemos tocar, nuestro saludo tradicional ha variado. No nos debemos juntar mas que en un pequeño grupo de personas y además manteniendo una distancia a la que venimos denominando “distancia social”. ¡Vaya nombrecito!, me gusta más el castizo y eufemístico “¡Que corra el aire!”, que, aunque quiera expresar lo mismo, no atenta contra un principio básico de la personalidad humana. Si algo necesitamos en este momento no es distancia social, sino ser una piña. Un equipo. Que no nos pasemos el virus es otra cosa.

Seguro, porque eso dicen los expertos, que necesitamos mantener las distancias, cuidar la higiene con esmero y utilizar mascarilla. Pero para soportar lo que eso lleva consigo, en un entorno cultural como el nuestro, necesitamos la fortaleza de espíritu que se forja en el hábito al deporte, y en muy poquitas facetas humanas más, como nos decía hace cien años Coubertin, y hace unos días Seiru-lo.

Y esa reflexión nos aboca a otra sobre la, también mortífera, cara oculta de esta dramática situación, sus efectos psicológicos. Informes como el de Naciones Unidas (mayo 2020) o estudios como los liderados por rectora Nekane Balluerka (marzo-mayo 2020), hacen referencia a la incidencia de la pandemia en la salud mental de la población en general. Pero en este breve artículo destacaremos por lo gráfico que nos resultó, un párrafo del informe firmado por Javier Yanes “La otra pandemia: los efectos de la crisis del coronavirus en la salud mental”, publicado el 3 de julio de este año, por el BBVA en su Open Mind. “El estrés y la ansiedad van naturalmente ligados a la amenaza de la pandemia, pero las medidas introducidas por los gobiernos en multitud de países, como confinamientos, cierres de escuelas o cuarentenas, agravan la presión psicológica en tal grado que, según la OMS, “se espera que aumenten los niveles de soledad, depresión, uso dañino de alcohol y drogas, y la autolesión o el comportamiento suicida”. Según ha escrito la psicóloga Elke van Hoof, de la Universidad Libre de Bruselas, el confinamiento de 2.600 millones de personas por la COVID-19 ha sido el mayor experimento psicológico del mundo”. Pero Van Hoof advierte: “Pagaremos el precio”.

El stress, la ansiedad o los cuadros depresivos derivarán de este monumental “experimento”., que posiblemente haya sido y siga siendo inevitable, pero, al respecto creemos que para que individualmente, o como los seres gregarios que somos aceptemos con buena cara las limitaciones que nos son impuestas, quienes tienen la obligación y la responsabilidad de gobernar deberían apelar más a las motivaciones innatas o intrínsecas de la personalidad y no a las externas, cuyo valor nunca tendrá la consideración de “lo propio”

Para Richard Ryan y Edward Deci, profesores de la neoyorkina universidad de Rochester, autores de la universalmente referenciada teoría de la autodeterminación o SDT, según la que “Los contextos que apoyan la autonomía, la competencia, y el relacionarse fomentan una mayor internalización e integración que los contextos que frustran la satisfacción de esas necesidades”

Los tres conceptos “autonomía-competencia-relación” son categorizados por los autores como “necesidades psicológicas innatas” cuyo desarrollo es “la base de la automotivación y de la integración de la personalidad”

Ser autosuficiente, significativo en tu entorno y socialmente admitido constituyen, con otra forma de expresión, las necesidades humanas que no precisan de mayor apoyo cultural. El resto de nuestras necesidades carecen, en propuesta de la SDT, de valor por sí mismas. El particular grado de implicación de cada uno de nosotros en la satisfacción de alguna de estas “otras” necesidades”, vendrá dado por lo que ésta pueda aportar a logros relacionados con las necesidades psicológicas innatas. Es decir, cuanto anhelo es lo que me permita ser “alguien” “independiente” y “relacionado”.

Sirvan los enunciados de la teoría de la autodeterminación para entrever, como poco, los peligros del aislamiento social y el precio a pagar al que se refiere la profesora belga Van Hoof.

Sirva todo lo expuesto para hacer constar que para los humanos la motivación positiva por la salud no existe sino en la medida que amenace la personal “autonomía-competencia-relación”. De ahí que nos preocupe mucho más la enfermedad que la salud.

En tal sentido entendemos que la motivación hacia la aceptación de las medidas destinadas a frenar la expansión del coronavirus, por parte del conjunto social, deben incidir en aquellos aspectos que fortalezcan las posibilidades de crecimiento o de mejora de la autosuficiencia personal, con capacidad de crecimiento o de mejora y con un entorno social satisfactorio.

Con toda modestia proponemos “deporte”. Conecta con las tres motivaciones innatas a las que se refiere la teoría de la autodeterminación, y, por tanto, puede ser parte de la solución, mientras observamos con cierta incredulidad y tristeza, que es considerado parte importante del problema.

Difícil sí, pura teoría también, pero abogamos por el deporte, más deporte, mucho más deporte como lucha contra el COVID y todas sus amenazas. Deporte respetuoso con todas las medidas anticontagio, distancias-mascarillas-higiene, pero deporte, contra el sedentarismo, contra el estrés, contra la depresión y contra la tristeza: solo pedimos imaginación y voluntad.

Porque, además, cerrando el camino circular recorrido. “el deporte es casi el único placer que nos queda” y además es esencial.

O, parafraseando a Rick, pero ahora no dirigiéndose a Ilsa, sino a nuestros compañeros de Kait: “siempre nos quedará el deporte”

¡¡Aurrera!!

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